Ana López-Puigcerver, jefa de maquillaje de «La sociedad de la nieve»: «El cambio de aspecto no solo refleja el paso del tiempo, cuenta la historia»

María Viñas Sanmartín
maría viñas REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Ana López-Puigcerver, jefa de maquillaje de «La sociedad de la nieve» (derecha), y su hermana Belén López-Puigcerver, responsable del equipo de peluquería.
Ana López-Puigcerver, jefa de maquillaje de «La sociedad de la nieve» (derecha), y su hermana Belén López-Puigcerver, responsable del equipo de peluquería. Javier Lizón | EFE

Sobre las posibilidades de conseguir el Óscar, dice que «es improbable, pero no imposible»

29 feb 2024 . Actualizado a las 19:44 h.

El mayor reto al que tuvieron que enfrentarse los maquilladores de La sociedad de la nievenominados al Óscar— no fue el retoque constante en unas condiciones de rodaje extremas, a miles de metros de altura y con nieve por las rodillas, sino conseguir que en un ambiente en el que absolutamente nada cambia —plena cordillera de los Andes, blanco nuclear y apenas movimiento— el espectador viese pasar el tiempo en las caras de los personajes; también, el acercamiento a los protagonistas reales. «Era una responsabilidad muy grande —admite Ana López-Puigcerver, al frente del equipo, que completan su hermana Belén López-Puigcerver, responsable de maquillaje, Montse Ribé y David Martí—. Cuando estuvimos en Uruguay, vinieron casi todos los supervivientes y, al verse en los actores, nos dieron las gracias».

—¿Se reconocieron en ellos?

—Sí, aunque no son idénticos, porque ni siquiera es necesario. Lo importante es hacer un acercamiento imprescindible y que vaya a favor de la historia. Hubo gente que criticó en redes sociales que algunos actores estuviesen «afeitados» después de tantos días perdidos, por ejemplo, pero es que no lo están, no te puedes imaginar la cantidad de argentinos y uruguayos que son imberbes, completamente lampiños. Hay que estar atentos a ese tipo de cosas. Y si cada día real se rodase en un único día, aún sería algo más sencillo, pero si 72 días se ruedan en 140, y a lo largo de todo un año, porque hay parones, hay que ir controlándolo: que a uno le crezca más la barba, a otro menos, al otro pasarle la máquina... Era un trabajo de chinos.

—A lo que se suma la degradación de la imagen física.

—Sí. La película se rodó cronológicamente porque los actores tenían que adelgazar, y adelgazaron mucho, pero no todos igual, porque cada persona adelgaza de manera distinta, con lo cual había mucha incertidumbre. Hicimos pruebas previas con ellos, pero no sabíamos qué cara y qué cuerpo iban a tener con menos kilos. En la parte final algunos llevan prótesis en los pómulos y en los dientes para favorecer el adelgazamiento, y esas cosas tienen que ser muy a medida, así que a mitad de película el equipo de maquillaje de efectos, David Martí y Montse Ribé, tuvo que repetir las pruebas. Y luego está lo más importante, que es que el maquillaje tiene que ir apoyando todo lo que va ocurriendo. El cambio de aspecto no solo refleja el paso del tiempo, también cuenta la historia. Debía haber una continuidad y que fuese muy progresiva, que apenas se percibiese.

—Y no solo en la cara.

—No, claro, también en las manos, en todo lo que se veía. Y hay que tener en cuenta que eran 45 actores muy jóvenes, muy revoltosos: tomaban el sol cuando no tenían que tomarlo, jugaban al fútbol dando balonazos de cabeza con el pelo ya peinadísimo... Y había que retocarles y retocarles y retocarles… [ríe] .

—¿Cómo fue rodar en la montaña?

—Las condiciones fueron muy difíciles. Teníamos un fuselaje a la altura de Granada con nieve falsa, pero a J [Bayona] lo que le gusta es rodar siempre en las condiciones más parecidas a la realidad posibles, así que donde más estuvimos fue en otro fuselaje a mil y pico metros de altura, en Sierra Nevada; era como trabajar dentro de una nevera. En la escena del alud toda la nieve es real, los actores tuvieron que salir de verdad de debajo del hielo, por momentos no aguantaban más. Y no cabíamos bien dentro de la estructura del avión, teníamos que pasar unos por encima de otros, casi pisándonos. Después, incluso rodamos más arriba, a 3.000 metros. Ahí ya íbamos con crampones, casco y chalecos. Les sentábamos en sillitas para retocarlos y se iban hundiendo en la nieve.

—¿Se ve con posibilidades de conseguir el Óscar?

—Pues... con una de cinco [ríe]. Es difícil, pero tampoco pensaba estar aquí, y después de haber entrado en los cinco, ahora pienso, por qué no. No lo espero, lo deseo; lo veo improbable, pero no lo veo imposible.

«La nieve les salvó la vida, cauterizó las heridas y, al hacer tanto frío, no había bacterias»

Uno de los supervivientes, Nando Parrado, recibió un fuerte impacto en la cabeza en el momento del accidente. Estuvo tres días en coma y despertó con dos enormes cardenales en los ojos.

—El «signo del mapache».

—Recurrí a unas amigas médicas y me explicaron que cuando uno se da un golpe en la parte posterior de la cabeza pueden aparecer unas marcas oscuras alrededor de los ojos, es muy curioso porque el cardenal es exactamente igual en un ojo que en el otro, del mismo tamaño. A esta persona le salvó que los demás lo sacaron y lo pusieron en el exterior, en un extremo del avión, con la cabeza en contacto con el hielo; eso le cauterizó la herida, el hielo le salvó la vida. Al principio, el actor lleva prótesis, porque tiene la cara hinchada, y después tenía que maquillarlo; tuvo dos o tres fases, primero le puse el ojo negro, pero negro, negro, y luego se lo fui matizando con transfers, que son como tatuajes.

—¿Cómo afrontó la degradación física de los personajes?

—Tenía claro que no quería que fuese repentina, quería que fuese lenta. Me ayudaron mucho los supervivientes contándome cosas: en qué momentos salían del fuselaje, qué tiempo hacía, cuánto y quiénes se exponían al sol... Cuando comenzó el deshielo, las heridas se empezaron a infectar. Al principio, al hacer tanto frío, no había bacterias. Y eso fue una de las cosas que les mantuvo con vida. Cuando empezó a subir, la temperatura se convirtió en un problema, todos empezaron a encontrarse peor y lo que comían les sentaba mal, eso se ve en toda la segunda parte de la película. Y luego uno de los supervivientes me contó que cuando llegaron al hospital y les desnudaron parecía que llevaban camisetas blancas puestas, del contraste entre las zonas en las que les había dado el sol y las que habían estado cubiertas todo el tiempo, el clásico moreno obrero, pero exagerado. Es que ellos nunca se quitaron la ropa, solo se cambiaron cuando se enteraron por la radio de que iban a ir a buscarlos; ahí se empezaron a arreglar. Esa escena me pareció tan tierna… Me conmovió tanto ese momento… 

—Cuénteme alguna curiosidad del maquillaje. 

—La clave son los productos y la técnica. Es como la cocina, tienes los elementos y luego la mano de cada uno es totalmente distinta: los mezclas como quieres y vas probando. Y aquí hay mucho de eso, porque un producto que a uno le quedaba bien a otro no, y productos que funcionaban en Barcelona, al hacer las pruebas, luego a 3.000 metros de altura no funcionaban igual.

—¿Y cómo fue trabajar con Bayona? Era la primera vez que coincidía con él. 

—Sí, había trabajado anteriormente con Belén Atienza y Sandra Hermida, la productoras. Cuando me llamaron, me dijeron que tenían una cosa muy bonita, que me iba a gustar, y yo con ellas iría al infierno, así que les dije que sí antes de saber qué era. Al decirme que era la próxima película de Juan Antonio Bayona, pensé, qué responsabilidad. Y ya cuando, además, me explicaron qué historia íbamos a contar, la responsabilidad se multiplicó por dos, porque yo recuerdo el accidente perfectamente, era una niña cuando sucedió y fue una historia muy impactante. Y esas personas están vivas, los supervivientes, era muy importante ser fiel a la verdad, no quedarse corto ni tampoco exagerar. Trabajar con Bayona fue una maravilla, le admiro mucho. Se involucró muchísimo en el trabajo de todos. Es que él es la historia; no es que la esté contando, es que él la está viviendo. Y es muy bonito verle rodar. El nivel de implicación es tremendo: con los actores, con los supervivientes, con el equipo… Todo el mundo está contento. Están contentos los supervivientes, las familias de los que murieron, los intérpretes, el equipo y el público; era difícil de conseguir y creo que lo ha conseguido.